Le he pedido a Clint Eastwood que encañone a los malos y, por si acaso, también al futuro. Se lo pido en amarillo, para que todos se den cuenta. Y también por triplicado, como en un buen contrato. Los villanos andan sueltos y yo tengo miedo. Se lo explico a mis perros, que siempre me escuchan, a las vacas en el campo, que es donde tienen que estar, y vuelvo a mirar Facebook para saber de vosotros, sin hablar. Me gusta ver las fotos que colgáis, salvo las de comida, y leer artículos extraños -No sabía que tuviésemos gustos tan raros-. Firmo un par de protestas y regreso a la realidad. Busco mi salvación en el cine, las mujeres fuertes y dignas como Bacall y en Clint, que se ha hecho un sentimental, pero se lo perdono. También en mi madre, que no hizo tantas pelis, pero me llevó a un par de ellas. Busco, busco, busco y al final todo se mezcla: el amarillo de Clint se ha convertido en una raya bajo otra azul y una verde, violeta y roja. Se ha tornado pequeñito, como yo cuando me asusto, y se ha multiplicado, como cuando sueño. Pero en el caos no se puede vivir y recuerdo un bar viejo cerca de la aldea de mis abuelos, con un reloj de marca (Trina) y un extintor. Me gusta el extintor, sirve para apagar el fuego, romper puertas y abrir la cabeza de los infames. Me siento mejor. Hoy duermo extintor en mano. 

Galia Blanco

© Galia Blanco 2018